CUENTOS INFANTILES

UN ÁRBOL EN MI RETRETE

En la casa azul de un pueblecito perdido en los mapas vivía Curro, un niño pelirrojo y regordete que soñaba con ser Superman.

En su octavo cumpleaños, Curro esperaba recibir el regalo que llevaba días y meses esperando: un edredón de su héroe favorito. Al fin, cuando tuvo en sus manos el gran paquete que le habían entregado sus padres, supo que había llegado el momento de dormir seguro. Superman velaría por él, pero Curro sabía que seguiría habiendo un problema que se le resistiría hasta al mayor de los superhéroes: el escurridizo pipí. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

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SEMILLAS MOJADAS 

Existió en un planeta azul un campo de girasoles amarillos que soñaban con verle la cara a la luna. Cansados del calor de Lorenzo, los girasoles quisieron sentir el frescor de Catalina y, tanto lo desearon que, finalmente, el universo les concedió el deseo: del día a la noche, el campo de girasoles amarillos pasó a ser un campo de giralunas blancos.

Pasó el tiempo y la añoranza invadió el terreno. El frío y la oscuridad apenas dejaban bailar a los giralunas. Estos lloraban y lloraban, pero sus lágrimas ya no se convertían en pipas. El jefe de los giralunas se sentía culpable. Él había sido el curioso, el intrépido, el que había contagiado las ansias de cambio a todo el campo y ahora, como consecuencia, veía que sus hermanos no conseguían levantar cabeza. Tenía que hacer algo para que volviera el sol, la luz. La vida. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

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BABÚ, EL GLOBO ASTRONAUTA

Este es un cuento para niños muy pequeñitos en el que estoy trabajando. Las ilustraciones también son mías.

Babú, el globo astronauta

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UN TRANSPORTE PARA OREJAS

Orejas, El Elefante, siempre estaba cansado. Por eso, para sus vacaciones de verano Orejas buscaba un transporte donde poder viajar sentado. 

Un día, una feria de coches fue a visitar y de un pequeño cochecito rojo se vino a enamorar. No sabe cómo ocurrió, pero cuando subió al vehículo, su enorme trasero atascado quedó. Un mecánico llamó a la ambulancia: ¡Hay un elefante que necesita tiritas de la farmacia!

Cuando Orejas se recuperó, fue a un túnel de lavado. Allí había un descapotable azul y de él quedó antojado. Intentó ponerlo en marcha, pero ¡a la palanca de cambio su enorme trompa se engancha! Tuvo que venir una grúa y deshacer aquel nudo. El conductor dijo: ¡Vaya lío más morrocotudo!

El triste elefante ya no sabía qué hacer. De repente, se le ocurrió probar con una furgoneta blanca que estaba en alquiler. Cuando estuvo dentro, la puerta no cerraba. Entonces, su rabito de pincel por una huequecito se asomaba.

Orejas empezó a pensar que tal vez no podría ir de viaje. Un caballo lo vio llorar y le dijo: Yo te presto mi carruaje.

Muy contento, el elefante intentó subirse a aquel coche de madera, pero pronto le asaltó una duda: ¿Aguantará mi peso la escalera? (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

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DAME UN BESITO, BOMBÓN

Esta es la historia de Lucas, un niño pelirrojo, travieso y celestino que cambió la historia de un gran amor.

 No supo nunca de dónde le venía el don, pero tenía la facultad de escuchar lo oculto, de darle voz a los gritos del silencio. Es por eso que desde pequeño fue el único que escuchaba un lamento lejano, un llanto misterioso que desde las alturas repetía: “Dame un besito, bombón”.

Lucas buscaba cada día la manera de ponerle autor a esta petición tan constante que sus oídos escuchaban. Sabía que la voz era ronca, una voz masculina que por la lejanía se distorsionaba, pero que sin duda correspondía a un hombre. O al menos eso creyó durante un tiempo…

 Aquel 11 de julio de 1980 Lucas ideó un plan. Cogió un recipiente y echó unas gotitas de agua, añadió dos pétalos de la rosa blanca que su padre le había regalado a su madre, derramó parte del vino preferido de su abuelo y lo tapó para que recibiera calor con la mantita que su abuela le había bordado. Toda la poción la guardó bajo la cama, en un rincón inaccesible a la escoba y a la fregona arrasadoras, y allí permaneció durante 30 años. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

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                                                                                                                       ***

UN PUEBLO LLAMADO MATEMÁTICAS 

Hace mucho, muchísimo tiempo, pasó en un rincón del mundo algo fascinante.

En un lugar lejano existió un pueblo que estaba reinado por el maravilloso y sabio rey 3,14. Su castillo estaba situado en la montaña más alta del pueblo, La Ecuación, y todos sus habitantes eran estupendos matemáticos. De ahí su nombre, “Matemáticas”. El pueblo tenía sus propias normas: solo podía ser habitado por sabios y genios de los números.

Al lado de este pueblo existía otro casi igual. Su nombre era “Lenguaje” y, como su propio nombre indica, solo podía ser habitado por expertos e intelectuales de la Lengua.

El rey de “Lenguaje” se llamaba Punto y su castillo estaba situado en la meseta Oración. Punto estaba al corriente de todos los temas complicados del lenguaje y de las matemáticas, al igual que su adversario, 3,14, pero entre los dos existía mucho odio y envidia. Ambos pueblos eran enemigos. Los lengüerinos no querían saber nada de los matematiquenses y los matematiquenses no querían cruzarse con los lengüerinos.

Entre los dos municipios solo existía una cosa, un hospital maternal, La Coma,

donde las mujeres de los dos pueblos iban a dar a luz a sus bebés. Allí se decidía el destino de los recién nacidos.

Un día, el encargado de la división metió por error a un niño de “Lenguaje” en el cesto de “Matemáticas”. Guion, que así se llamaba el bebé, nació entre los matematiquenses como un niño huérfano. Tuvo que adquirir los conocimientos que, por enfermedad, todos los del pueblo pensaron que no se les habían desarrollados. Consiguió ser un sabio más en las matemáticas, pero Guion tenía la herencia de los lengüerinos y su corazón no podía evitar ser una sopa de letras.

Un día, en época de fiestas, el rey 3,14 organizó un juego. El monarca prometió que, si alguno de los habitantes de “Matemáticas” era capaz de hacerle una pregunta que él no supiera contestar en cinco segundos, haría las paces con el pueblo vecino. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

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BANQUETE EN PIG’S COUNTRY

Cuando Paquita envió a la ducha a Lucas ya conocía la respuesta que iba a obtener de su hijo:

–          ¡Yo me quiero bañar!

Desde pequeño, Lucas había podido sentir durante largas horas la agradable sensación que supone entrar en contacto con el agua. Su madre quiso dar a luz el 4 de diciembre de 2003 en una bañera-piscina de un centro sanitario de Sevilla para que la llegada al mundo del bebé fuera menos traumática. Y parece que la idea gustó a Lucas ya que su primer gesto al salir de la barriga de su madre y tocar el agua fue una sonrisa. Lo que no sabía Paquita es que tal decisión iba a condicionar la higiene de su hijo años después. Hasta los tres años Lucas disfrutó de largos baños de espuma acompañado de un patito amarillo que más tarde se llamaría Poti pero el problema llegó cuando Paquita quiso reducir la cantidad de agua, poner a Lucas de pie y hacer que el baño pasara a convertirse en ducha. Los llantos y pataletas eran constantes hasta que Ramón, el papá de Lucas, aparecía noche tras noche en escena y le preparaba al niño una nueva piscina casera de agua caliente.

Con ocho años Lucas era el rey de la casa y sabía bien lo que hacía por eso, y aunque su madre lo mandaba cada noche a la ducha, intuía que si rechistaba lo más mínimo acabaría una vez más rodeado de olitas transparentes.

El grifo permanecía abierto una media de un cuarto de hora, tiempo en el que Lucas jugaba chapoteando con el agua que se iba acumulando. Cuando alcanzaba la cantidad de almacenaje suficiente como para que el agua caliente alcanzara su cuello entonces Lucas cerraba el grifo de la bañera y permanecía en ella hasta que un grito desde la cocina lo alertaba de que el bocadillo de jamón, la cena preferida de Lucas, estaba en la mesa. Una vez en la cocina Paquita y Ramón le repetían que no podía bañarse todos los días, que había que ahorrar agua y que si seguía así se convertiría en un pez.

–          ¡A mí no me gusta ducharme, paso frío! Yo quiero jugar con el agua -se defendía cada noche el niño.

Otra gran manía de Lucas era la de terminar su bocadillo de jamón, llenarse el vaso entero de agua, beber un buche y desechar el resto en el fregadero. Seguidamente volvía a llenar el vaso, daba las buenas noches y se iba a la cama.

Ramón y Paquita sabían que su hijo no tenía conciencia de lo que era ahorrar agua pero siempre encontraban alguna justificación para no hacerlo culpable ni a él ni a ellos mismos.

–          Aún es pequeño. Cuando sea un poco más mayor aprenderá -se consolaba Ramón.

–          Podríamos pagar menos en la factura si Lucas no desperdiciara tanta agua y si se aseara con una ducha en vez de con un baño. No podemos dejar que se distraiga pulsando una y otra vez en botón de la cisterna cuando no le caben los juguetes en su habitación. Tenemos que hablar con él y hacer que entienda que hay niños que no se pueden lavar ni pueden beber agua porque en su país no hay la suficiente -reflexionaba en voz alta Paquita.

A la noche siguiente la situación se repetía en el mismo orden. Ramón empezó a reñir a menudo a Lucas por sus prácticas y Paquita intentaba poner paz entre los dos contándole historias de otros niños que no vivían igual que él pero el intento era en vano. Lucas, un niño malcriado y consentido desde pequeño, no escuchaba a sus padres y ante el rapapolvo de estos se levantaba de la mesa y se iba a la habitación, aquella noche sin vasito de agua.

Una vez en la cama Lucas ya no recordaba las palabras de sus padres. Cogió el libro de Las aventuras de Don Cochino y con él en las manos se quedó dormido. A los diez minutos el jamón del bocadillo de la cena comenzó a hacer efecto y lo sacó del plácido sueño en el que se encontraba pero en el deseo de querer levantarse para ir a la cocina a por el vaso de agua y las ansias de querer seguir durmiendo ganó la batalla Morfeo y Lucas volvió a cerrar los ojos. Al poco tiempo los abrió de nuevo.

–          ¡Qué sed tengo! ¡Mamá! ¡Tráeme un vaso de agua, que se me olvidó traerlo cuando vine a la cama! ¡Mamá!

Lucas vociferaba a su madre una y otra vez sin encontrar respuesta de aquella. Finalmente optó por bajar las escaleras él mismo e ir a por el vaso de agua.

Al salir de la habitación escuchó revuelo en la parte baja de la casa. Distintas voces se entremezclaban con una música extraña que Lucas no asociaba con el gusto musical de sus padres. Las risas y los chasquidos de los vasos simulando un brindis le hicieron preguntarse si el irse a la cama antes de tiempo habría hecho que se estuviera perdiendo algo…

–          Nadie me avisó de que hubiera fiesta esta noche en casa –pensó Lucas.

Sigilosamente fue bajando los escalones. Cuando llegó al primer descansillo pudo ver el panorama: el salón de su casa tenía aproximadamente 40 metros cuadrados (aunque él no lo sabía aún; él sólo sabía que en el salón de su casa se podía patinar de un extremo a otro pero no se podía coger la bici ya que el espacio que los muebles le dejaban para pasar le provocaban constantes caídas). En él pasaba largos ratos con sus padres o con su vecino Diego, con el que había estado construyendo por la tarde el puzle del castillo de los dragones que aún permanecía en la mesita de mimbre del lado de sofá. Las piezas del puzle fuera de su caja fue lo primero que llamó su atención desde el descansillo, sobre todo cuando una mano rosa con una sola uña grande cogió una de ellas. La mano rosa –pudo ir viendo Lucas poco a poco cuando el asombro se lo permitía- era solo uno de los extremos de dos brazos cubiertos por una chaqueta azul oscura que cubría casi en su totalidad una camisa beige. La chaqueta hacía conjunto con unos pantalones del mismo color que terminaban cerca del suelo de cuyo roce los libraban unos zapatos negros de charol. El cuadro era parecido al de una alfombra de hormigas de no ser porque no existían hormigas con la cara rosa, el cuerpo de hombre, que vistieran de chaquetas y comieran…bandejas y bandejas de jamón.

El alboroto era enorme. Lucas no conseguía visualizar desde el descansillo a sus padres ni lograba entender ni una de las palabras que despuntaban en el gran ruido que los invitados de sus progenitores, supuestamente, tenían creado. Él seguía analizando la situación, cada vez un escalón más abajo, y a pesar de que la extraña estampa lo tenía un poco asustado la sed no le había desaparecido. De repente Don Cochino vino a su mente. Todos los que estaban en el salón tenían la nariz como él, tenían un hocico.

–          ¡Son cerdos! ¡Los que ahora mismo comen jamón en mi salón son cochinos! ¡Hay cincuenta guarros en mi casa! –quiso gritar Lucas tapándose la boca. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora)

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