RELATOS

CAMINITO DE BELÉN

Me llamo Pepper, Pepper Mint Gum, y soy un chicle.

No sé exactamente desde dónde os hablo. Esto no debe de ser el cielo, porque el cielo es azul y aquí me encuentro rodeado de negro. Pero no importa, os contaré mi historia sin saber si estoy vivo, muerto o, en el mejor de los casos, pegado en una papelera. Al fin y al cabo… soy un chicle.

Mi viaje hacia el lugar desconocido donde me encuentro comenzó cuando Perico me seleccionó entre los de mi especie para abandonar el cajetín. Allí estuve alrededor de dos meses, en una cajita de plástico transparente que ofrecía dos milímetros escasos para cada uno de nosotros. Conviví con chicles de fresa, de lima y de melón, pero con los que más amistad hice fueron con los de manzana. En los dos meses que estuve en la cajita de plástico recuerdo que apenas llegamos a ser tres los chicles de menta. Los de los otros sabores nos temían porque tenemos fama de ser fuertes, frescos y duraderos. Ninguno quería competir con nosotros, por eso hacían lo imposible para que en la cajita no cupiéramos más de tres. Aun así, aun en minoría, el baulito de chicles se regía bajo nuestras normas.

Pero claro, llegó el día en el que Perico, el dueño del quiosco de la calle Pegatina, metió su enorme y estropeada mano en el cajetín y me eligió a mí, a Pepper Mint Gum, como ganador del viaje a un lugar desconocido. Bueno, con el tiempo supe que mi destino se llamaba Belén; lo desconocido vino después, es decir, cuando llegué a mi ubicación actual.

Belén fue mi albergue, mi lugar de desarrollo personal, el sitio donde llegué a conocer mis límites y mis facultades como chicle. Una pena que solo pudiera estar en ella apenas unas horas. Y es que Belén no fue un lugar cualquiera: Belén fue la niña más bonita, con el cuerpo más chiquitito, frágil y precioso que jamás pude encontrar.

Su madre la llevó al quiosco de Perico con la intención de callar su llanto. Belén se había caído y se había roto sus leotardos rojos, y Esther, su mamá, quería calmar su pena con un rico chicle. Fue entonces cuando salí del baulito para pasar de las manos de Perico a las manitas rechonchas de Belén.

Como por arte de magia y con una sutileza increíble a pesar de su inexperiencia, mi institutriz me mostró al mundo en mi estado más puro, me despojó de las rígidas vestiduras que habían ocultado mi piel verde, me desnudó tan suavemente que ni sentí frío. Cuando me convertí en un chicle vulnerable, Belén jugueteó conmigo durante unos segundos y, sin avisar, me embarcó en el viaje de mi vida. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

***

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                    EVA, LA MUJER DRAGÓN

Dios hizo el mundo en siete días. De ahí los errores que tiene. El Paraíso lo creó en dos horas. De ahí que fuera un desbarajuste. Si nos metemos en la descripción de la creación de los dos seres humanos podemos afirmar que empleó en uno más tiempo que en otro. Y si ya contamos con la presencia de cierto reptil lo que podremos decir es que en su creación Dios no hizo otra cosa que perder el tiempo, o al menos eso pensó Eva durante años.

Cuando Dios hubo creado el mundo volvió al Paraíso y se sentó a la sombra de su última creación, un manzano, para valorar el trabajo realizado. Pensó que, ante tal desbarajuste, estaría bien la presencia de una mente capaz de razonar y de llevar al orden todo lo que Él, por cansancio, había sido incapaz de conseguir. En dos días había creado un Paraíso desordenado y en siete había construido un mundo basado en la nada y que, estaba seguro, no tendría buen final.

Dios estaba cabizbajo, pero sabía que tenía que esforzarse en una última creación, la de un ser que arreglara sus errores. Se levantó, dejó atrás el manzano y comenzó a andar descalzo por la hierba fresca.

—¡Un reptil! —dijo, sorprendido de su propia idea.

El Todopoderoso pensó que un reptil daría vida a tanto espacio solitario y que, gracias a su forma de moverse, identificaría los errores cometidos por Él, desde el más pequeño y escondido hasta el más escurridizo. Así, y como era y es de ideas fijas, creó un reptil, una serpiente larga y verde cuya mirada lo cautivó. Pero hasta esto le salió mal. Dios bautizó a su criatura con el nombre de Luci, pero enseguida la rebeldía brotó de ella y se autonombró Demon. Tras comunicarle esta decisión a su creador, la serpiente se perdió entre la hierba y desapareció. Nunca más fue vista por Dios, así que Este decidió volver al manzano en busca de una idea mejor.

—¡Crearé algo a mi imagen y semejanza! —dijo, pegando un respingo sobre la hierba.

Enseguida se puso a trabajar. Como por arte de magia surgió de entre sus manos un ser al que denominó hombre. Le gustó, lo aceptó y lo bautizó bajo el nombre de Adán. Este no rechistó, a diferencia de Demon, pero pronto vio el Sabelotodo que a ese hombre le haría falta compañía, algo o alguien con quien compartir el inmenso jardín, algo o alguien que le diera valor, fuerza e inteligencia para saber adaptarse a los errores del Paraíso o, en el mejor de los casos, saber corregirlos. 

Esta creación le costó más trabajo y concentración. Consiguió unir en su mente el fuego con el coraje, dio volumen a las zonas planas del hombre, hizo curvo lo recto y perfiló con armonía y sutileza cada rincón de lo que llamaría mujer. (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

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                                             ***

LA METAMORFOSIS DE QUITO

Érase una vez, en un charquito sucio y pequeño, un mosquito inconformista que soñaba con convertirse en no sabía bien quién.

Quito, pues ese era su nombre, nació queriendo ser un león, creció esperando ser un elefante y ahora, casi en los últimos días de su vida, envejecía añorando ser un humano. Su madre, Moscaela, siempre le había reñido por querer ir a contracorriente, pero él había hecho trompetillas sordas y, aunque nada le había salido como había deseado, aún tenía esperanzas de hacer realidad su sueño.

Una noche, desobedeció las señales del destino y desplegó sus pequeñas alitas rumbo a lo desconocido. Lo importante para Quito no era el fin, sino el propio camino. Siempre le habían dicho que las encargadas de chupar la sangre eran las hembras, pero él se había negado a aceptar tal restricción. Tal vez su pincho no fuera lo suficientemente fuerte como para atravesar la piel, pero nunca subestimó sus poderes.

Así, con las ideas fijas y sus ansias de morder, se propuso demostrar al mundo que podría conseguir lo que se propusiera.  (Para poder leer el cuento completo debes ponerte en contacto con su autora).

***

CONFESIONES

Existe un lugar, un pequeño, pero gran rincón, donde el sueño y la realidad comparten confesiones.

El sueño, nebulosa blanquecina, a momentos gris, a momentos rosa. La realidad, verdad incómoda, que choca, que destapa, que desmiente, que hace libre… pero siempre dura.

Existe un lugar, el corazón, dónde realidad y sueño conversan:

–          ¿Y tú, Realidad, con qué sueñas?

–          Yo sueño con que las personas sean hermanos, no ovejas en rebaño; con que el silencio le grite a los insultos. Sueño con que un día el Sol se encienda e ilumine las mentes de todos aquellos débiles, de todos aquellos a los que le falte fuerza para decir SI, para decir NO. Sueño… sueño con que una noche me duermo y me convierto en pesadilla, me convierto en tristeza, en oscuridad. Pero abro los ojos y sigo soñando despierto, me convierto en quimera, en esperanza, en ansias de vivir. Dicen que soy dura, cruel, injusta e impredecible. Yo digo que yo existo para los que me quieran ver, para los que me quieran buscar. Yo existo para los valientes.

 –         ¿Y tú, Sueño?, ¿con qué sueñas tú?

–          Yo fantaseo con lo imposible, juego con los miedos, paseo junto al deseo. Es a mí a quién confiesan en silencio las locuras, al que le piden que no muera. Hay veces que me suplican la repetición, hay otras que me ruegan la desaparición. De mí dicen que así no se puede vivir; que mis pies están mutilados, por eso no toco el suelo. De mí hablan, de mí comentan. A veces, por mí callan. Yo existo para acoger a los que huyen de ti. A mí me encuentran sin buscar.

–          ¿Y a mí? ¿Nadie me pregunta?  Yo sueño con daros fuerza, humildad para reconocer que, sin el sueño, la realidad no se podría vivir y, sin la realidad, el sueño no se podría cumplir. 

Un corazón que no late se para. Un corazón que se para muere. Un corazón muerto no puede contar realidades, no puede soñar.

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